sábado, 22 de febrero de 2014

Ansiedad.

Observé divertido como la sangre me recorría el brazo mientras el resto del vagón me miraba con cara de no haber visto a un loco en su vida. Traté de mover la mandíbula, que llevando encajada horas, me dolía notablemente. Los músculos de la cara, aún tensos, mostraban una expresión de tristeza pero de enfado. Traté de controlar la respiración, que según parecía, debía estar molestando a toda la gente de alrededor, intentando así también controlar el desenfrenado pulso que se me antojó a doscientos en cierto momento.
Me miré los nudillos otra vez. La sangre afloraba a vertiginosa velocidad. De repente, lo que más me temía comenzó, según la rutina. El interminable tormento en mi cabeza. Porque aquéllo, definitivamente no era dolor. Era una tormenta. Un atropello. Un naufragio.
Mis piernas hicieron un intento de fallar. "No esta vez", pensé. Me aferré a la primera barra que vi buscando algo de estabilidad. Estabilidad. Qué palabra más fea. Qué palabra tan odiosa. Y cómo la necesitaba yo.
Una vez sentado el ataque frenó de golpe. Me sentí de nuevo.
Una niña pequeña me miraba desde el asiento de frente con rostro de sorpresa. Al coincidir miradas, me sonrió. Por acto reflejo se lo devolví, quizá durante un tiempo excesivamente breve.

Al salir del metro sentí el color volver a mi piel poco a poco. No sabía si contarle a ella todo lo del ataque o simplemente hacer como que todo había ido bien. Al final me decanté por mentir, como siempre. Pronto podría dejar de ir a aquellas estúpidas consultas. No necesitaba a nadie cobrando ochenta la hora para decirme que, simplemente, tenía ansiedad.

miércoles, 5 de febrero de 2014

Vale, sí: caigo.

Siempre se cae a algún sitio, así que me agrada pensar que no estoy cayendo porque aquí todo está negro, no sigo ninguna dirección, no caigo hacia.
No veo diferencia entre hoy y ayer o tener los ojos abiertos y dormir. Todo es del mismo negro. Quizá por eso quiera dormir para siempre. Y es que dormir alivia. Hasta que.
Cuando aparecen todos esos sin-rostro sé que quizá debería despertar. Toda persona con uso de razón abriría los ojos, se incorporaría e iría a la cocina a beber agua. Pensaría que todo es una pesadilla. Pero no sé, los que alternamos vida y muerte no podemos hacer eso. Tan sólo estamos.
Estamos hacia (porque no "caemos", no... sólo estamos...) una especie de fondo negro, vacío, pero que nos empuja hacia dentro de sí. De vez en cuando alguien "está" al lado, también descendiendo, en paralelo... pero un día, al abrir los ojos, vuelve a no haber nadie.
Hasta que te cansas de soñar y ya sólo duermes (y solo duermes). Sin trucos. Creo.

miércoles, 8 de enero de 2014

Feliz día nuevo.

Empezaba el día
y como todas las primaveras
nuevas hojas rellenas de ideas se rellenaban;
y no era hasta el uno de otoño
cuando, ya garabateadas, caían de sus manos
procurando hacer mucho ruido al tocar el suelo;
y caída la noche, empezaban a nevar inviernos en sus pies
hasta que subían a su pelo
y lo enredaban entero mientras la almohada pedía clemencia.
Y acababa el día.
Sophie, harta de buscar verano, empezaba otro.

lunes, 30 de diciembre de 2013

Tan lógico que bésame.


Tenemos tanto miedo
que estamos vacíos;
estamos tan vacíos
que no tenemos nada;
no tenemos nada
así que no perdemos nunca;
no perdemos nunca
así que no tenemos miedo.

viernes, 29 de noviembre de 2013

Javinosequé.

El otro día huí, sin volverme,
insegura y tímida, 
por haber visto muy dentro de tus ojos
un monstruo terrible.
Corrí y me mojé con la lluvia
que me arañó tu recuerdo con desprecio
como quien quema hojas secas
en pleno nueve de otoño.
Para cuando divisé invierno de lejos
con su aterciopelado frío brutal,
me sangraba la idea de nunca
volver a verte a ti jamás.
Y tampoco esta distaba
mucho de la realidad,
porque para cuando fui a matar al monstruo,
tu otro tú, ya no estaba más.

sábado, 2 de noviembre de 2013

Noviembre.


Ya quisiera una fría piedra poder morir
y, por tanto, haber vivido cuanto dolor
acarrea el haber sido y ya no saber ser.
 
Pues, ¿quién no querría haber sufrido en su costado
el peso de una vida, que no hemos elegido
y en la que no sabemos, siquiera, elegir?
 
Porque, ¿quién no querría haber errado mil veces
idealizando algo que luego decepciona
para continuar tal bucle hasta la saciedad?
 
Somos, somos, y nos cansamos de ser...

lunes, 7 de octubre de 2013

Le debo a la autodestrucción una copa.

Esta chica odiaba tanto el tiempo que se pintaba relojes en las muñecas para creer que no pasaba. Y se enamoraba de imposibles para no creer en el amor. Y nunca hablaba para esconderse de los silencios. Y odiaba para no tener que confiar en nadie.
Pero nunca supo que hacer para no escribir.